
En los últimos tiempos venimos escuchando con reiteración que las palabras son sólo eso, palabras. Así cuando desde el independentismo catalán se dice que «hay que atacar a España» se relativiza la afirmación y se asegura, por miembros de este gobierno, que realmente no constituyen un ataque, no son una amenaza, simplemente son palabras que no tienen más importancia y valor.
No sorprende, por tanto, que un país con tan peculiar sistema de ‘justicia’ como es Bélgica no acepte la euroorden tramitada por España -tras confirmar el Tribunal Supremo la sentencia condenatoria del conocido rapero mallorquin, quien expresó en sus canciones amenazas de muerte- al considerar tales manifestaciones dentro del ámbito del derecho de libertad de expresión belga y, además, no haberse publicado por escrito: sólo palabras.
Algunas personas creen que La Sexta da información.
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Suscríbete ahoraObviamente, parece imposible avanzar en la Unión Europea cuando existe tanta desunión en los ordenamientos jurídicos y cuando, al menos desde Bélgica, demuestran cada día una evidente falta de respeto al estado de derecho español, incluida la acción de nuestra más alta magistratura: difícil Unión donde no se comparten valores ni principios, infracciones ni delitos, tampoco el respeto a los procedimientos judiciales establecidos; es decir, no se comparte lo que es el Derecho.
Pero no quiero detenerme más en tan lamentable cuestión. Lo que subyace cuando se dice que las palabras tan sólo son eso y nada más es la falta a la verdad. Si las palabras no tuvieran importancia probablemente no se dirían; sin embargo, a algunos nos enseñaron su valor: en el País Vasco la palabra dada tenía la fuerza de un contrato, su incumplimiento era impensable, tenía máximo valor y comprometía el honor. Ahora algunos pretenden que valga menos que una moneda de vellón.
De hecho, en los actos más importantes de la vida humana la palabra es esencial no sólo para comunicarnos sino, también, para obligarnos. ¿Acaso en uno de los actos más trascendentes de nuestra vida, el contraer matrimonio (con los derechos y obligaciones que se generan), no lo solventamos con la simple expresión «sí, quiero»?
«Negar el valor de lo que se dice se convierte en una nueva forma de corrupción, cuyo trasfondo político es el intento utópico e inviable de transformar la realidad sin tener que enfrentarme a ella»
De la misma forma, en sentido negativo, el hablar despectiva o falsamente de una persona, o el imputarle la comisión de un delito, tiene efectos concretos: constituyen injurias y calumnias. Y tanto las injurias como las calumnias están tipificadas como delito en nuestro Código Penal, artículos 205 y 208: ¿Son sólo palabras? Si las palabras proferidas son constitutivas de amenazas, el Código Penal las tipifica como delito, cuya pena resulta agravada si lo fueran por escrito, en el artículo 169: verdad, sólo palabras.
Las palabras son elemento de la expresión humana en relación a los demás plantean promesas, emociones, querencias, formulan declaraciones de amor, educan, comprometen al cumplimiento de múltiples cosas, sirven paera testificar, también para afear conductas, coartar, injuriar, calumniar e, incluso, amenazar. Todo menos ser consideradas intrascendentes, irrelevantes o sin valor.
En el contexto en que vivimos supone un esfuerzo torticero de quien pretende el engaño, desconfigurar la realidad, quitar valor a lo que lo tiene. Las palabras no son inocuas y el gobierno lo sabe. Por ello procura su desvalorización a fin de eludir los ataques y amenazas frontales que está sufriendo España por parte de los gobernantes de una parte de nuestro territorio, que les han apoyado a llegar a la Moncloa.
Resulta más cómodo sobre todo cuando se pretende fiar todo a un dialogo imposible, a palabras engañosas, ingenuas o bienintencionadas en el mejor de los casos, a desconocer la realidad de las cosas, a negar la fuerza de las palabras y el valor de las amenazas. Con esta posición virtual no se puede afrontar ni combatir lo que se dice y, mucho menos, los efectos negativos que se pueden producir. Si trasladamos esta posición devaluadora del lenguaje cabe preguntarnos, mirando ahora allende nuestras fronteras, si el juez belga hubiera sido sujeto directo de las amenazas en las canciones, objeto de condena en nuestro país, se hubiera reafirmado en ser una manifestación del derecho de expresión o, aun no estando escritas, le hubiera dado su auténtico valor y tales palabras las hubiera considerado delictivas.
Las amenazas al estado español no es que sean frases inaceptables, sin más, constituyen un auténtico ataque, una verdadera amenaza al mismo, que no queda subsanada por el hecho de haberse formulado verbalmente. Al fin, negar el valor de lo que se dice se convierte en una nueva forma de corrupción, cuyo trasfondo político es el intento utópico e inviable de transformar la realidad -por lo que deseo y a mi me conviene- sin tener que enfrentarme a ella ni a sus consecuencias; es decir, desgobierno y vano intento de engañar a la sociedad. Palabras, ¿son sólo palabras?