Soler Gil y la mitología materialista de la ciencia

    0

    En mi artículo de hace dos semanas reseñaba con entusiasmo la obra de Yuval Noah Harari Homo Deus. Y es que ser capaz de leer con provecho, y hasta admirar, a los del bando contrario es un buen test para asegurarse de que no hemos caído todavía en un sectarismo con orejeras. Pero hoy seré menos quijotesco y hablaré de una obra más afín a mis convicciones, y que puede resultar útil para comprender los puntos débiles de Harari. Me refiero a Mitología materialista de la ciencia, de Francisco J. Soler Gil.

    Harari, como tantos otros, considera que el teísmo quedó herido de muerte por la revolución científica del siglo XVII (aunque la agonía de Dios sea larga, como demuestra la supervivencia de las religiones). Pero la cosmovisión que le sucedió –el humanismo- tiene según él los días contados, amenazada también por nuevos descubrimientos científicos que demostrarían nuestra insignificancia: “A medida que los científicos abrían la caja negra de los sapiens, fueron descubriendo que allí no había alma, ni libre albedrío, ni “yo”… sino solo genes, hormonas y neuronas que obedecen las mismas leyes físicas y químicas que rigen el resto de la realidad”.

    Algunas personas creen que La Sexta da información.

    Suscríbete a Actuall y así no caerás nunca en la tentación.

    Suscríbete ahora

    El materialismo filosófico secuestra y tergiversa los hallazgos de la biología, la neurología o la cosmología

    Leer a Soler Gil ayuda a comprender que lo que afirma Harari –tan parecido a lo que proclaman Dawkins, Dennett y otros profetas del materialismo- no es “ciencia”, sino “mitología materialista de la ciencia”. En realidad, los descubrimientos de la ciencia reciente no son incompatibles ni con la existencia de Dios, ni con la del hombre tal como siempre fue entendido (un ser racional, libre y moralmente responsable). El materialismo filosófico secuestra y tergiversa los hallazgos de la biología, la neurología o la cosmología, presentándolos como la confirmación definitiva de sus propios postulados y excluyendo interpretaciones alternativas.

    Soler muestra, por ejemplo, que la idea darwiniana de la evolución de las especies mediante mutaciones genéticas aleatorias y supervivencia de los más aptos no asesta a la idea de creación divina el golpe mortal que imaginan los materialistas (y, entre ellos, el propio Darwin en su carta a Asa Gray). El materialista querría que todo creyente fuese un “creacionista de la Tierra Joven” que interpretase el Génesis al pie de la letra, al estilo de los fundamentalistas protestantes norteamericanos. Pero ya San Agustín supo que la Biblia no es un tratado astronómico: “no pretende explicar cómo son los cielos, sino cómo se va al cielo”. Que el cosmos es mucho más grande y viejo de lo que cabe inferir de la primitiva cosmología presupuesta por la Biblia lo atisbaron ya los teólogos medievales, sin perder por ello la fe. Si los medievales ya lo hicieron, el creyente moderno puede con más razón separar el contenido teológico del Génesis (Dios como creador del mundo y del hombre) de su información cosmológica tosca e inexacta.

    Dios ha creado el mundo, pero, probablemente, no las especies una a una (sugiere Soler)

    Los materialistas sostienen que “la peligrosa idea de Darwin” expulsó al Creador al demostrar que la evolución de las especies se debe al azar: mutaciones genéticas imprevisibles, cataclismos geológicos que produjeron extinciones masivas… Es cierto que el darwinismo dejó fuera de juego a la “teología física” de William Paley y otros, que sostenían que la sofisticadísima adaptación funcional de los organismos vivos remitía forzosamente a un diseñador inteligente (es la misma vía en la que insisten los teóricos actuales del “intelligent design”, como Behe o Dembski: una vía errónea, en opinión de Soler). Pero la “teología física” implicaba un Dios relojero que fabricaba una a una todas las especies, y al que se podrían exigir reclamaciones por obvios defectos de diseño (por ejemplo, la pelvis femenina es demasiado estrecha para dar a luz, lo cual implicó la muerte de millones de mujeres por sobreparto antes de que la obstetricia moderna facilitase las cosas).

    Soler dibuja de forma convincente las líneas generales por las que puede discurrir una interpretación teísta del darwinismo. Dios ha creado el mundo, pero, probablemente, no las especies una a una. La intervención diseñadora debe retrotraerse al comienzo absoluto, al punto en que Dios dota a la materia de las características que harán posible la evolución de las especies: “El mecanismo de variaciones aleatorias y selección natural no podría funcionar, o, al menos, no podría generar la enorme fecundidad de formas de vida que existe en nuestro mundo, si no fuera porque la naturaleza posee una estructura de leyes y constantes finísimamente ajustadas que permiten el desarrollo, en primer lugar, de elementos y compuestos químicos en general, y en segundo lugar, de una química del carbono de potencialidades arquitectónicas asombrosas. Bastaría un ligerísimo cambio en algunas de las constantes o leyes fundamentales de la naturaleza para que todo esto se viniera abajo”. Las características de nuestro mundo parecen cuidadosamente escogidas para permitir el desarrollo de la química orgánica. Y el mecanismo darwiniano –variaciones heredables aleatorias más supervivencia de los más aptos- es un dispositivo sencillo y elegante que garantiza la diversificación y complejización crecientes de la vida, desembocando finalmente en seres inteligentes. Al confiar la evolución de la vida a este mecanismo autónomo, Dios no tiene que intervenir para crear cada especie concreta, ni le son directamente imputables los aspectos chapuceros o crueles de la naturaleza (el cáncer, el león que se come a la gacela o los icneumónidos que devoran lentamente a una oruga: la nature red in tooth and claw que algunos espíritus sensibles han considerado incompatible con la idea de un Creador benévolo).

    Hay tres modalidades de darwinismo teísta: La de los Kenneth Miller, los que opinan como William G. Pollard o los que prefieren la de Robert John Russell

    Sí, quedan problemas por resolver (¡y el materialismo también los tiene!): por ejemplo, si Dios ha confiado la evolución biológica a un mecanismo aleatorio, no podía prever –o sí, si postulamos la presciencia divina- que su funcionamiento conduciría precisamente a la especie humana, ni menos aún a cada uno de sus individuos, lo cual choca con la idea cristiana según la cual cada uno de nosotros estaba en la mente de Dios desde la eternidad. Por eso hay tres modalidades de darwinismo teísta: la de los que, como Kenneth Miller, consideran que la evolución es intrínsecamente aleatoria (o sea, que Dios, tras haberlos creado, “tira los dados” de las mutaciones genéticas sin saber exactamente qué va a salir, aunque sí que terminará emergiendo vida inteligente, pues la evolución muestra avenidas convergentes que desembocan una y otra vez en ciertas estructuras que parecen “necesarias”); la de los que, como William G. Pollard, creen que Dios utiliza la indeterminación cuántica para provocar unas mutaciones que aparecen como “aleatorias” solo desde nuestra perspectiva (pero entonces parecemos recaer en los inconvenientes de la “teología física; y además, la libertad de la voluntad humana, garantizada por la incompletud de la malla causal que supone la indeterminación cuántica, quedaría anulada si postulamos que detrás de ésta se esconde en todos los casos la mano de Dios); y la de los que, como Robert John Russell, piensan que Dios interviene en algunos sucesos cuánticos (los que se corresponden con mutaciones que llevan a nuevas especies), pero ciertamente no en los que tienen lugar en el cerebro humano: quedaría así salvado el libre albedrío.

    En las partes segunda y tercera del libro, Soler se bate con los materialistas en los ámbitos de la neurología y la cosmología. No crean a quienes pontifican que “la ciencia ha demostrado que el pensamiento no es otra cosa que impulsos eléctricos en el cerebro” o que “no somos más que autómatas movidos por nuestros genes”: la filosofía de la mente es un campo de batalla complejo y apasionante, en el que el “monismo fisicalista” (la teoría de la completa identidad entre mente y cerebro) es solo una de las concepciones posibles, y probablemente no la más sólida. Ni den tampoco mucho crédito a quien les diga que “el Big Bang excluye a Dios”: en realidad, la confirmación creciente del modelo de Friedmann-Lemaître y las evidencias sólidas de “ajuste fino” en las leyes y constantes físicas (constante cosmológica, intensidad de la fuerza nuclear fuerte, la fuerza nuclear débil y la fuerza electromagnética, diferencia de masa entre el protón y el neutrón…: una ligera variación en sus valores habría hecho imposible la aparición de un universo dotado de estructuras complejas, o incluso de un universo en absoluto) han puesto muy nerviosos a los materialistas.

    Si quieren más detalles, lean a Soler. Aunque me temo que no encontrarán su libro en cada VIPS y Corte Inglés, y no solo porque ya tenga unos años: los lanzamientos editoriales de rompe y rasga parecen reservados a los autores ateos.

    Comentarios

    Comentarios

    Francisco J. Contreras Peláez (Sevilla, 1964) es catedrático de Filosofía del Derecho en la Universidad de Sevilla. Autor de los libros: Derechos sociales: teoría e ideología (1994), Defensa del Estado social (1996), La filosofía de la historia de Johann G. Herder (2004), Savigny y el historicismo jurídico (2004), Tribunal de la razón: El pensamiento jurídico de Kant (2004), Kant y la guerra (2007), Nueva izquierda y cristianismo (2011, con Diego Poole), Liberalismo, catolicismo y ley natural (2013) y La filosofía del Derecho en la historia (2014). Editor de siete libros colectivos; entre ellos, The Threads of Natural Law (2013), Debate sobre el concepto de familia (2013) y ¿Democracia sin religión? (2014, con Martin Kugler). Ha recibido los premios Legaz Lacambra (1999), Diego de Covarrubias (2013) y Hazte Oír (2014). Diputado de Vox por Sevilla en la XIV Legislatura.