Eutanasia para perros

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    Excálibur, perro de Teresa Romero

    Los estertores de la pequeña Andrea han alentado el ánimo predispuesto de la charanga progresista para cruzar un nuevo rubicón libertario y abanderar la eutanasia. Con el aburridísimo lenguaje invasivo del relativismo, se prepara la deconstrucción de la muerte, para servirla emplatada al gran público en edulcoradas taxonomías. Así, paso a paso, verso a verso, progresamos de vuelta al simio.

    Nuestra vieja aspiración de libertad es tal que ya no nos pone morirnos cuando naturalmente toca. También en el deceso meteremos mano, como un último gesto de dominio inútil sobre la existencia.

    Algunas personas creen que La Sexta da información.

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    Si prestáramos más atención a los signos, comprenderíamos que venimos muriéndonos desde los veinte años, que las células se nos secan como pasas, que se nos cae el pelo a cachos y sin lupas, un filtro gaussiano nos va emborronando el mundo. Esta muerte lentísima, imperceptible, sobre la que no tenemos mando alguno, haría a cualquiera sonrojarse al hablar de libertad.

    Pero hay un tipo humano tan sofisticado, que lejos de sonrojarse se viene arriba, dispuesto a negar cualquier parecido con la especie. Son los que han admirado desde siempre la figura pálida del suicida por darse finiquito a voluntad. Los que ven en apretar el gatillo o en la desconexión un instante fílmico, con algo de voyeurismo póstumo que otea la posteridad con desdén.

    Es lo que hay. Después de matar a Dios para ocupar su trono, al hombre solo le quedan piruetas de libertad estéril. Con endechas a la luna o sin ellas, pero que no me priven de mi derecho a decidir sobre todas las cosas. De ser todas las cosas. Incluso de dejar de ser ser.

    «La eutanasia solo tiene sentido en una sociedad decidida a aniquilarse a sí misma»

    En el fondo, se trata de eso, de dejar de ser. El debate sobre la eutanasia solo tiene sentido en una sociedad decidida a aniquilarse a sí misma. Hay innumerables signos que lo demuestran, no solo el atractivo de este fundir a negro a capricho.

    El instinto de supervivencia se ha perdido

    Se nos despuebla el horizonte porque seguimos extirpando bebés en los abortorios como si fueran barrillos y preferimos la vida loca a la responsabilidad de formar familias, crear algo que trascienda nuestro yo. Renegamos de nuestra identidad, de nuestras raíces. Hemos perdido el instinto de supervivencia y somos presas fáciles de esta feria de mantras para engordar el ego. Implosionamos de puro aburguesamiento.

    Todos los andamios que la civilización lleva siglos construyendo para dar solidez al hombre están siendo retocados, movidos, desplazados como las maderitas de la jenga. Solo es cuestión de tiempo que caiga la torre.

    Mientras escribo estas líneas, mi pesimismo se disipa. Leo que las calles se llenarán de ciudadanos dispuestos a oponerse a la eutanasia. Veo que todavía quedan galos bragados en este páramo que es España dispuestos a dar la cara por los principios que una vez nos hicieron presumir de ser occidentales.

    Pero me dura poco el subidón. Se manifiestan contra la eutanasia a los perros. Especialmente si padecen el virus del ébola. Un año después, homenajean a Excálibur, que Dios lo tenga en su gloria.

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