Natan Sharansky, disidente al comunismo soviético.
Natan Sharansky, disidente al comunismo soviético.

La sabiduría convencional de nuestro tiempo da por supuesto que todo nacionalismo es una amenaza para la libertad. El énfasis en la identidad nacional y religiosa conduce a mediocres “sociedades cerradas” en el mejor de los casos, y a dictaduras y conflictos étnico-territoriales en el peor. Viceversa, cuando las identidades colectivas se disuelvan, tendremos por fin un mundo democrático y en paz. Ya lo cantó Lennon: “Imagine there’s no countries/ […] Nothing to kill or die for/ And no religion too/ Imagine all the people/ Living life in peace”. [Imagina que no hay países / Nada por lo que matar o morir/ Y sin religión tampoco/ Imagina a todas las personas /viviendo la lvida en paz]

Una de las mejores respuestas al cosmopolitismo liberalio vino, hace ya una década, del libro de Natan Sharansky Defending Identity. Sharansky no es sospechoso de querencias totalitarias, pues es un héroe de la lucha por la libertad. Estamos hablando de uno de los principales disidentes soviéticos, mano derecha de Sajarov, miembro del Moscow Helsinki Watch Group, detenido en 1977, repetidamente interrogado por el KGB, confinado en el Gulag nueve años, finalmente canjeado por dos espías checoslovacos en 1986. Del autor de The Case for Democracy –publicado en español por Gota a Gota con el título Alegato por la democracia– una de las lecturas de cabecera del presidente Bush Jr.; del ministro en varios Gobiernos israelíes en la década del 2000.

Algunas personas creen que La Sexta da información.

Suscríbete a Actuall y así no caerás nunca en la tentación.

Suscríbete ahora

Sharansky no acepta la disyuntiva planteada por el paradigma Imagine: o derechos individuales (paz y libertad), o identidades colectivas. No la acepta porque descubrió simultáneamente ambos, y fue perseguido a la vez en tanto que activista de los derechos humanos y en tanto que sionista. Educado como ciudadano soviético sin raíces (el homo sovieticus era un constructo post-religioso y post-nacional), Sharansky tomó conciencia de su identidad judía en la estela de la Guerra de los Seis Días, cuando los chistes antisemitas dejaron de denigrar a los judíos por su supuesta mansedumbre acomodaticia, y pasaron a execrarlos por todo lo contrario, su agresividad e imperialismo. “Empecé a darme cuenta de que era parte de una historia única y de un pueblo que se remontaba a más de dos mil años, de que nuestro antiguo Éxodo de la servidumbre a la libertad tenía lugar también en mi generación. Y, en el momento en que descubrí esto, esta vinculación a mi historia y mi pueblo, descubrí también una enorme fuente de energía”.

La libertad no se basta a sí misma. No es un fin en sí mismo, sino un instrumento para la persecución de fines valiosos, fines que vayan más allá de la maximización de la satisfacción personal

En su redescubierta pertenencia étnico-religiosa, Sharansky encontró el valor para no doblegarse a las torturas, los interrogatorios, los sobornos (“no queremos que mueras: tienes que ayudarnos”) del KGB. Apoyarse en una historia milenaria le proporcionaba la fuerza para soportar sufrimientos que habrían resultado inasumibles para un individuo aislado, con un horizonte de ochenta años en lugar de tres mil. En los peores momentos, Sharansky se decía que no debía fallarle a su Dios ni a sus antepasados (“cuando te avasalla el miedo físico, debes pensar en la supervivencia de tu pueblo, no en tu propia supervivencia”). Y comprobó que, en el Gulag, solo los que tenían una causa transpersonal a la que ser fieles resistían sin traicionar ni traicionarse. Su gran amigo en el cautiverio fue un devoto cristiano ortodoxo, pese a un pasado ruso de pogromos (“Yo quería que Volodia fuese fuerte en su identidad y él quería que yo fuese fuerte en la mía, porque era la mejor garantía de que podíamos confiar el uno en el otro”). También sabía que podía contar con cristianos pentecostalistas, con patriotas lituanos o armenios… Solo los que creían en algo más grande que ellos mismos podían resistir y vencer al totalitarismo.  

Paradójicamente, solo tienen la fibra moral necesaria para defender la libertad aquellos que creen en algo más que la libertad. La libertad no se basta a sí misma. No es un fin en sí mismo, sino un instrumento para la persecución de fines valiosos, fines que vayan más allá de la maximización de la satisfacción personal. Si el sujeto no dispone de un Gran Relato –religioso o histórico- al cual vincular su aventura individual –y del cual derivar obligaciones- la libertad queda degradada a capricho egoísta y voluble. Los que entendían la libertad como un fin en sí mismo –“hacer lo que me dé la gana, mientras no atropelle la libertad de los demás”- eran fácilmente doblegados por el KGB: firmaban confesiones falsas, se convertían en delatores.

La identidad nacional ha tenido dos grandes enemigos: el primero, el socialismo internacionalista, no pudo con ella(s); de hecho, se hizo patente su derrota cuando, a punto de sucumbir en 1941 al ataque de la Wehrmacht, Stalin apeló, no al internacionalismo proletario (“los obreros no tienen patria”), sino a la Madre Rusia. El segundo enemigo es más insidioso: el cosmopolitismo libertario a lo Lennon, que concibe la democracia como un marco abstracto de derechos y al Estado como un territorio en el que puede asentarse cualquiera que diga que va a respetar las reglas. Un marco y un territorio que no necesitan ni una historia ni una identidad colectiva. La democracia multicultural-postidentitaria permite la inmigración masiva de gentes de fuera de Occidente que, precisamente, tienen clarísima su identidad cultural y en cambio no tienen tan clara la idea de democracia. El desenlace no será bueno, piensa Sharansky. Antes de que sea demasiado tarde, Europa tiene que entender que “no debe disolver sus culturas nacionales ni desanudar sus vínculos con el pasado en nombre del multiculturalismo o la ciudadanía mundial”.

Y sí, el identitarismo es una herramienta peligrosa, susceptible de derivas agresivas. Sharansky piensa que la democracia y la identidad colectiva se necesitan mutuamente. Sin canalización liberal-democrática, las identidades pueden conducir a la intolerancia y el conflicto étnico. Sin una base identitaria, la democracia puede morir de inanidad y abstracción. Cuando Churchill llamó a sus compatriotas a derramar sangre y sudor contra la bestia totalitaria, no les habló de la libertad en abstracto, sino de Alfredo el Grande y mil años de historia inglesa.

Comentarios

Comentarios

Francisco J. Contreras Peláez (Sevilla, 1964) es catedrático de Filosofía del Derecho en la Universidad de Sevilla. Autor de los libros: Derechos sociales: teoría e ideología (1994), Defensa del Estado social (1996), La filosofía de la historia de Johann G. Herder (2004), Savigny y el historicismo jurídico (2004), Tribunal de la razón: El pensamiento jurídico de Kant (2004), Kant y la guerra (2007), Nueva izquierda y cristianismo (2011, con Diego Poole), Liberalismo, catolicismo y ley natural (2013) y La filosofía del Derecho en la historia (2014). Editor de siete libros colectivos; entre ellos, The Threads of Natural Law (2013), Debate sobre el concepto de familia (2013) y ¿Democracia sin religión? (2014, con Martin Kugler). Ha recibido los premios Legaz Lacambra (1999), Diego de Covarrubias (2013) y Hazte Oír (2014). Diputado de Vox por Sevilla en la XIV Legislatura.