El general Agustín de Iturbide recibe las llaves de la Ciudad de México
El general Agustín de Iturbide recibe las llaves de la Ciudad de México

Fue un 27 de septiembre pero de 1821 cuando, encabezando un ejército de dieciséis mil hombres, Agustín de Iturbide entró triunfalmente en la Ciudad de México.

De este modo el Virreinato de la Nueva España dejaba de serlo para dar paso a una nación independiente: México.

Algunas personas creen que La Sexta da información.

Suscríbete a Actuall y así no caerás nunca en la tentación.

Suscríbete ahora

Así pues, México alcanzó la Independencia gracias al patriotismo y genio conciliador de un Iturbide que la consiguió sin derramar una sola gota de sangre.

Un día de júbilo que quienes lo vieron jamás lo olvidaron puesto que, a todo lo largo de su historia, los mexicanos jamás habían estado más felices y unidos como aquel 27 de septiembre de 1821.

Esa es la razón por la cual el 27 de septiembre es el gran día en que se conmemora la Independencia de México.

Sin embargo, debido a la acción continua de quienes durante más de dos siglos han desgobernado México, la fecha del 27 de septiembre permanece en el olvido.

Los gobernantes en turno prefieren celebrar la Independencia la noche del 15 de septiembre con el famoso grito presidencial así como con un vistoso desfile militar al día siguiente.

Todo esto tiene su explicación.

Cuando Iturbide consiguió la Independencia de México, al poco tiempo el naciente estado se constituyó políticamente como imperio.

Un imperio cuyas dimensiones superaban con mucho al imperio austro-húngaro puesto que iban desde el paralelo 42 en la Alta California hasta Centroamérica.

Un imperio que, según deseo expreso del Libertador Iturbide, se ostentaba como católico, fiel seguidor de los valores hispánicos y –algo muy importante- amigo de aliarse con otros nuevos estados que también habían formado parte del imperio español.

De este modo –a pesar de no depender ya de España- el Imperio Mexicano estaba llamado a encabezar una gran comunidad de naciones hispánicas.

Fue eso lo que causó malestar y recelo en la nueva nación anglo protestante que era gobernada desde la Casa Blanca.

Ante el temor de que un imperio católico e hispánico pudiera frenar el expansionismo yanqui, los inquilinos de la Casa Blanca –descendientes ideológicos de Calvino- decidieron curarse en salud.

Esa fue la razón por la cual –a base de intrigas y traiciones- derrocaron a Iturbide, lo desterraron y finalmente lo asesinaron cuando regresaba a México dispuesto a defender a su patria ante el inminente peligro de una invasión extranjera.

A partir de entonces, una maldición cayó sobre los mexicanos puesto que, antes de que México cumpliera tres décadas de haber conseguido la Independencia, ya los yanquis habían invadido el país robándole más de la mitad de su territorio.

El tiempo pasó, los liberales anticatólicos controlaron el poder en México y una de sus principales obsesiones fue enlodar la memoria de Iturbide procurando que su vida y hazañas fuesen olvidadas.

¿Cuál es la razón de ese odio ancestral contra Iturbide que aún se mantiene a casi doscientos años de su muerte?

La explicación es muy sencilla: Los Estados Unidos, la gran potencia anticatólica del Norte, temen que la vida y hazañas del Libertador de México puedan servir de ejemplo a políticos no solamente mexicanos sino de cualquier otro punto del Mundo Hispánico.

Vida y hazañas que podrían inspirar a esos políticos para que se convirtiesen en líderes de un gran movimiento hispano católico a nivel continental.

Si eso llegara a ocurrir y todas las naciones hispánicas se unificasen en torno a una misma fe, un mismo idioma y un mismo ideal; en ese momento empezaría la auténtica liberación de una Hispanoamérica que hoy es atacada al mismo tiempo por dos terribles enemigos: El imperialismo yanqui y el populismo marxista.

Eso explica el que, después de dos siglos, sigan odiando a Iturbide ya que, en el fondo –a pesar de estar muerto- aún le temen.

Comentarios

Comentarios

Abogado, historiador y periodista. Editorialista de el Heraldo de México (1973-2003). Colaborador de varias revistas mexicanas y españolas. Corresponsal en México de la revista Iglesia-Mundo (1981-1994). Autor de 'La cruzada que forjó una patria' (1976); 'Forjadores de México' (1983); 'Los mitos del Bicentenario' (2010) e 'Isabel la Católica. Su legado para México (2013).